jueves, 9 de diciembre de 2010

Una historia que me inventé!

Bueno, pues aquí va una historia cortita sobre un asesino a sueldo que escribí para un concurso que, por supuesto, no gané, jeje!  Aquí está:

La noche caía sobre los tejados de la ciudad aquel sábado de finales de agosto. Aun siendo la temperatura calurosa, una lluvia fina, que anunciaba el inicio próximo del otoño, teñía el ambiente de humedad. En las calles se respiraba silencio y tranquilidad, debido al reducido número de viandantes. A pesar de esto, se percibían murmullos procedentes del interior de pubs y bares, en los que muchos pretendían hacer su velada lo más amena y divertida posible. Por ello, a pesar del calabobos, podía percibirse un ambiente cálido, acogedor y agradable.
Ajeno a todos estos acontecimientos, un joven recorría los lúgubres y solitarios callejones del núcleo urbano. Vestía unos pantalones vaqueros, una camiseta y una chaqueta de cuero negra. Mientras andaba, con el cuerpo ligeramente encorvado, su mente se sumía en sus propios pensamientos. Aquella noche le tocaba trabajar. Según sus cavilaciones, las siguientes horas serían largas y duraderas, pero el sueldo lo merecía. Introdujo la mano en el bolsillo de su pantalón, y sacó la cartera. Millones de veces su padre le había repetido que no la mostrara en lugares que aparentemente estuvieran aislados del gentío, ya que nunca sabría si alguien, que permanecía escondido le espiaba. Sin embargo, el muchacho ignoraba sus peticiones. De este modo, retiró una foto que guardaba en su billetera, y la miró. Ésta mostraba la imagen de una chica joven, morena y de ojos claros, que sugerían perspicacia e ingenio. La verdad es que era guapa, había que reconocerlo. Ambos se conocían desde niños y habían trabado amistad a lo largo de los años, de modo que muchas veces la había considerado como una hermana. Sin embargo, últimamente la relación se había enfriado. Ella se había mudado a un piso en las afueras de la capital, cerca de la universidad donde estudiaba Hacía poco más de un año que el joven no sabía nada de ella. No, tenía que concentrarse en la tarea que le habían asignado. Cogió la tarjeta donde aparecía indicada la dirección adonde debía encaminarse. Aún quedaba un buen trecho. Giró su mirada hacia una discoteca, en la cual se podía escuchar la canción más conocida de su grupo favorito. Había que ver lo buenos que eran los músicos de esa banda, qué perfección en los directos. Los mejores instrumentistas que pisaban la Tierra. No, otra vez se había olvidado de su cometido. En un momento dado, una lata se interpuso entre él y su camino. La pateó, provocando un ruido estridente y poco agradable.
-¡Bah! Lo que hace el aburrimiento-farfulló.
Sabía de lo poco astuto de su acto, de lo que llamaba la atención. Siempre había sido un descuidado. Aun así, su padre le había insistido en que heredara la profesión. Quizá su progenitor había sido más necio que él al creer que tenía algún futuro en su trabajo. Estaría mejor estudiando una carrera.
Lentamente, los pasos lo guiaron hacia su destino. Se trataba de un bloque de apartamentos, de unas diez plantas. Varias ventanas tenían sus persianas bajadas, mientras que en otras se advertía vida. Debido a su descuidado comportamiento, el joven aún no había pensado en cómo abriría las puertas, la del portal y la del piso. Siempre desatendía los detalles más insignificantes. Hurgó en el bolsillo de su cazadora. A lo mejor llevaba alguna tarjeta para abrir cerraduras. Sí, ahí estaba. Le costó una eternidad conseguir engañar a la dichosa puerta para poder abrirse paso y  así poder penetrar en el interior del edificio. Una vez dentro, pulsó el interruptor de la luz. El día se había desarrollado de manera pesada y fatigosa, por lo que optó por subir en el ascensor. Además, su destino se hallaba en la séptima planta. Primer piso, segundo, tercero… Ding. Al llegar, se expuso a su vista un rellano que daba a distintas viviendas. Un gato se le acercó y se quedó arrullando en sus piernas. El joven, asustado, estuvo a punto de proferir un grito. Por suerte, la poca astucia de la que gozaba le instó a que no cometiera tal fallo. A pesar de ello, observó al animal y le habló:
-¡Byron! Pero, ¿qué haces aquí?-Otra vez el gato de su hermano. Nunca llegaría a conocer el motivo, pero al pequeño Byron le agradaba seguirlo y aparecer en el instante más inesperado.-No me molestes, ¿vale?
De este modo, lo ignoró y se abstrajo en su cometido. De nuevo, surgía el problema de la cerradura, así que introdujo la tarjeta entre el marco y la puerta. A pesar de lo que él creía, le resultó más fácil burlar ésta que la del portal. En el distribuidor del modesto apartamento había cinco puertas que daban paso a las diferentes habitaciones, y contaba con una cómoda sobre la cual descansaban un florero y unas fotografías. Dentro de la vivienda, se respiraba limpieza y orden. Parecía no haber vida entre las paredes de ese hogar. Con sigilo, registró todas las estancias hasta que dio con la que buscaba. Ya en el interior, pudo comprobar cómo estaba dispuesto el cuarto, el cual destacaba por su austeridad. Al fondo había un escritorio con una columna de libros perfectamente apilados y una estantería. Además de esto, la habitación sólo disponía de una cama donde descansaba una joven profundamente dormida. Al verla, el muchacho pensó que era más bella al natural que en fotografía. Inconscientemente, acarició su pelo y, por ello, estuvo tentado en dar marcha atrás. Pero, al contrario de lo que sus sentimientos le decían, metió la mano en el bolsillo de su cazadora y extrajo una pistola. Afortunadamente, no se había olvidado de cargarla antes de salir de casa. Accionó el gatillo. Apuntó a la sien de la chica, de tal manera que pareciera que se había suicidado. Contó hasta tres y… La joven sonrió. Levantó la vista y lo miró, expectante. Sus ojos claros resplandecían a la luz de la luna.
-Jasy, pero qué inocente eres-musitó.
-Sally, yo…
-Ya, Jason. No te disculpes. Al fin y al cabo, sólo te he engañado. ¡Cómo puedes ser tan descuidado!-le gritó.-Y seguro que aspiras a convertirte en un famoso asesino a sueldo, como tu padre. En esta profesión, se tiene mucho en cuenta la inteligencia y el ingenio a la hora de cometer crímenes. Y tú, Jasy, demuestras escasear de ambas. Ni tan siquiera te has puesto unos guantes.-Ella sacó sus manos de entre las sabanas, que mostraban unos blancos para no dejar huellas.
Se oyó un movimiento a sus espaldas. Daba la sensación de que hubiera otra persona cerca. Un hombre de unos cincuenta años apareció en el umbral de la puerta. Era alto, fuerte. Lo que más destacaba de su apariencia era la barba tupida que cubría parte de su cara. A su lado y cabizbajo, se mostró un adolescente, que no parecía atreverse a mirar la escena.
-¡Papa! ¡Malcolm!-les saludó Jason.
-Hijo, ¿por qué no te has tomado tu trabajo más en serio?-le preguntó su padre. Su voz denotaba un matiz de tristeza y pena.
 Detrás de su padre y su hermano, se presentaron tres figuras más: dos hombres y una mujer. Todos ellos formaban parte del mismo grupo de asesinos a sueldo. Para llegar a formar parte de esta reducida agrupación, se sometía a una prueba de ingenio al individuo que quisiera formar parte de ella, además de que éste debía tener alguna relación de parentesco con algún miembro de la formación. A pesar de esto, Jason no conocía a ninguno de los tres.
-Bueno, ya es hora de que conozcas a tus tíos y a tus primos-le comentó su padre.-Lo siento por no habértelos presentado antes, temía que nos perjudicara. Por suerte, no tendrá ninguna consecuencia que sepas sobre ellos, ahora que vas a morir a manos de tu prima. Lo siento, hijo. Verás, nos parecía demasiado el que dos miembros ingresaran en nuestra formación a la vez, por lo que permanecería el que antes consiga acabar con el otro. Además, tarde o temprano nos dejarías y soltarías toda nuestra historia. Tú, Jason, has demostrado no tener dotes para este trabajo. Yo tenía mis dudas, pero hoy lo he comprobado definitivamente. Lo siento, Jason.-Volvió a repetir.
Jason, con lágrimas en los ojos, soltó un gemido, y cayó al suelo cuan largo era. Había pensado muchas veces sobre cómo moriría, pero hacerlo a manos de una chica a la que habían presentado como su prima, era el colmo. Pasaron cinco minutos en los que nadie habló. El joven permanecía tumbado en el suelo, mientras lloraba desconsoladamente. Había sido incrédulo y terco, y se había negado a aceptar la realidad. Toda su vida había querido llegar a ser como su padre, hasta que supo lo cruda que era la profesión de un asesino a sueldo. Aun así, se había empecinado, había jugado con la paciencia de unos asesinos, y la situación se había desbordado. Ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. Él debía desaparecer, porque si no lo hacía, más tarde su existencia tendría graves consecuencias en la vida de su familia, porque él contaría a qué se dedicaban. Miró a su prima, que lo observaba algo inquieta. Miró a su hermano, que le daba la espalda. Pudo comprobar que él también lloraba, en silencio. Miró a sus tíos, y su primo, que se mantenían distantes, absortos. Por último, miró a su padre. No había atisbo de ninguna emoción en sus ojos grises. Al fin y al cabo, estaba acostumbrado a verse envuelto en situaciones similares. Jason volvió a gemir. Las paredes de la habitación parecieron estremecerse.
-Jasy, será nada más un momento, y luego todo habrá terminado. Parecerá que te hubieras suicidado en casa.-Lo animó Sally. Cogió la pistola que el chico había apoyado en la cama, se acercó hasta donde estaba  y apuntó a su sien.-En esto ganan los mejores, los inteligentes. Mi plan para atraerte hasta casa ha funcionado, lo ideé yo todo. Idos, bajaré yo sola.-Ordenó a los demás.
En cuanto se fueron, Sally cerró la estancia y sonrió. Desde pequeña había asistido a clases de artes marciales, lucha libre, boxeo y demás deportes que la enseñaran a luchar. Asimismo, había sido entrenada en una organización secreta en la que sus padres habían estudiado. Tenía un gran potencial. Decidió no esperar más tiempo. Contó en su mente hasta tres, apretó el gatillo, y disparó.

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